miércoles 11 de junio de 2008

Ira

Estaba sentada, sola, en la esquina más apartada de la oscura habitación. Tenía la mirada perdida, hacia la pared, mirando…. ¿quién sabe? Tal vez algo que sólo ella veía.

Que sólo ella veía.

No era tan raro, al fin y al cabo, se había pasado toda su vida metida en su mundo imaginario: loca, la llamaban, pero no hizo nunca mal a nadie encerrada en sus hojas de papel, las únicas que se paraban a escucharla, sus inquietudes, sus ambiciones y lamentos, que se convertían en un débil eco al contacto con el exterior.
Hasta ese día.

Ese día había decidido que su voz no sería más un mero susurro, le escucharían…por las buenas…o por las malas.

Cerró los ojos, mientras sus pensamientos alborotados vagaban por su mente, mezclados con los recuerdos de algo que parecía irreal. Los abrió, y miró su mano izquierda. No lo era, todo había pasado de verdad. Se levantó lentamente, con el ensangrentado puñal aún aferrado en la mano, y se asomó a la ventana. Y observó a la gente, esa gente que siempre había hecho caso omiso a su existencia, esa gente que la discriminaba, por ser diferente. Abusando siempre de su eterno silencio. ¿Qué harían ahora? Ahora que había demostrado que no era tan débil, su nombre pasaría de boca en boca, como cualquier vulgar rumor, y se apagaría con el tiempo… pero, ¿acaso no se apagaría igualmente? Realmente, había vivido apagada durante toda su vida. Al menos ahora, su nombre brillaría fuertemente como una estrella en el cielo que está llegando a su fin.

Apretó fuertemente el puñal, por el lado de la hoja, mientras la sangre salía a borbotones de sus heridas. Oyó sirenas de la policía, no le extrañó, ya que no se molestó en que sus víctimas mantuviesen silencio, tiempo para eso ya tendrían después. Se sentó una vez más en aquella esquina, apartada del mundo, con la mirada perdida de nuevo en aquel punto invisible